miércoles, 25 de junio de 2014

LA EXPLOSIÓN EN AUMAZ
Empezó como un día normal en el astillero. Los obreros iniciaron sus labores en el remolcador con tecnología alemana que se estaba construyendo y ya estaba en su etapa casi final, pues eran varias semanas desde que se había botado y, amarrado al muelle, proseguían con los detalles, que muchas veces son más complicados y tardados.
El programa de actividades se estaba ajustando cada vez más. Muchos de los trabajos habían pasado de ser realizados de manera normal a ser hechos a destajo para acelerar aún más su terminación. Esto tenía su razón de ser: se eliminaba el pago de tiempo extra y se pasaba a los obreros la presión de terminar los “contratos”, que se esforzaban por acabarlos en el menor tiempo posible y así les quedara de “ganancia” una cantidad mayor.
Pero estas medidas no eran sufucientes. A juicio de los altos mandos de AUMAZ se consideró que los trabajadores sindicalizados no podrían con todos los compromisos y fechas de entrega. Así que se autorizó la entrada a “contratistas” externos para trabajos específicos.
Uno de esos trabajos era limpiar y pintar los espacios destinados a ser los tanques que servirían para almacenar agua potable para diversos usos en la operación del remolcador. Tenía que realizarse muy bien para que el agua no oxidara los mamparos, estructuras y forro del casco. Se llevó a cabo el trabajo, pero algo sucedió. Quizá la pintura se aplicó no en los días estipulados y se atrasó. O tal vez, era urgente acelerar todavía más el ritmo de trabajo.
Y así, ese jueves 16 de mayo de 1991 pasó lo que tiene que pasar cuando no se toman en cuenta todos los factores.
Eran poco más de las 10 de la mañana. En la cubierta principal, en la parte de proa de la caseta , un obrero, Hipólito López, tubero categoría “B” se esforzaba para poder instalar la placa de identificación del barco. Para esto, tenia que colocar la placa ovalada de bronce en la cara exterior del mamparo ubicado más a proa. Tenía, también, que pararse sobre la escotilla abierta que daba acceso al pañol de almacenamiento y a los camarotes. Pero se le dificultaba, pues casi siempre había sido ayudante y no tenía la experiencia necesaria. Desesperado ante esto, el jefe de supervisores de tubería, Humberto Zatarain, le pidió que se quitara para explicarle como hacer la tarea que le habían asignado. Acto seguido, se apoyó en la parte superior de la escotilla y pacientemente le dijo como marcar donde tenía que barrenar y machuelear.
Abajo, en la área destinada a los camarotes, un grupo de carpinteros laboraba para construir los compartimientos en los que la futura tripulación pudiera descansar de sus jornadas de trabajo. Algunos toman medidas y salen para cortar las piezas en su taller, otros aprovechan para ir a beber agua, pues el calor es muy intenso y más en un espacio confinado como en el que están. Hay algunos ventiladores pero aún así sudan profusamente.
Isabel Flores, uno de los carpinteros más experimentados prefiere quedarse un poco más para avanzar más en su trabajo.
Pero además de los carpinteros hay obreros de otras especialidades. Uno de ellos, aplicador, y de apellidos Chico Corrales, se dedica a pintar los detalles en la estructura antes que la madera de pino y el triplay los oculte.
Más hacia proa, en esa misma cubierta, ubicada debajo de la caseta, un soldador recibió instrucciones: colocar pinchos (pedazos de alambre) para sujetar la fibra de vidrio que permitiría que esa área no se calentara demasiado. Ese soldador era conocido como “Amigazo”.
Mientras tanto, abajo de él, en el tanque, el calor había estado aumentando y provocaba que la pintura emitiera gases al estarse secando. Quizás le habían aplicado demasiado thinner a la mezcla. Tal vez una cubeta con ese líquido había quedado destapada, olvidada por los pintores contratistas.
Entre los soldadores se dijo después que el supervisor de soldadura, al que apodaban “el Mosco”, casi obligó a trabajar en ese espacio a uno de los trabajadores a su cargo. Después, todos callaron y nadie lo volvió a mencionar
Lo que sí sabemos es que a las 10:16 de ese jueves 16 de mayo de 1991 todo cambió para los que trabajábamos en Astilleros Unidos de Mazatlán.
El “Amigazo” procedió a soldar los alambres. Cada una de las piezas necesitaba un pequeño “punto” de soldadura para quedar fijo en la placa superior o en los mamparos. Al hacer contacto la varilla de soldadura con la placa metálica, unas cuantas chispas salieron despedidas en todas direcciones. Algunas cayeron por el registro en el piso que no tenía tapa para poder permitir la ventilación del tanque para agua dulce.
Eso fue suficiente para provocar una reacción. El gas acumulado se inflamó y se expandió en una ola expansiva de calor sumamente intenso que buscó avanzar por donde fue posible. Fue casi instantánea y los trabajadores no tuvieron tiempo de reaccionar. La explosión emergió del tanque, lanzó hacia el lado de babor al “Amigazo” hiriéndolo, arrancándole los zapatos. Quizás el peto (mandil) de cuero lo protegió de la muerte. Quedó lastimado, desconcertado y casi inconsciente en ese rincón.
No sucedió lo mismo con otras víctimas. La explosión subió, buscando salir por la escotilla de proa donde se encontraba Humberto Zatarain. Fue tal la fuerza expansiva que lo levantó, como si una mano enorme de fuego lo tomara, mientras su overol azul se desintegraba. Pasó sobre la borda y cayó al agua golpeándose con una panga que estaba amarrada del muelle. Pero no había perdido sólo el overol, también su epidermis y el agua del mar le empezó a provocar tremendos dolores en las quemaduras. El personal que estaba en esos momentos en el muelle no lo reconocía; había perdido su bigote y su pelo. El sufrimiento que sentía era indescriptible. Solo hasta que empezó a pedir ayuda a su hermano “el Catrín”, supieron quien era. Algunos compañeros se lanzaron al agua para rescatarlo, querían subirlo a la panga, el muelle estaba muy alto pero se les resbalaba por la falta de epidermis. Por fin lo lograron y llevaron la panga remando hasta la zona de varadero. En la cubierta había quedado aturdido Hipólito López. La explosión pasó frente a sus ojos, no lo hirió pero sí lo lanzó de espaldas y así quedó tirado por algunos momentos, sin saber qué había pasado.
En el interior del barco la explosión buscó otras salidas y avanzó casi en forma horizontal hacia popa. En su camino se encontró con Chico Corrales e Isabel Flores. Los lanzó y los derribó y les quemó en un instante los uniformes de color caqui. Sus epidermis, como en un cuadro de terror, quedaron pegadas en la estructura del barco. La explosión siguió avanzando, subió y derribó a otros obreros pero con menor fuerza. A uno le quemó la espalda y a raíz de eso tendría una enorme cicatriz. Fue tanta la intensidad que algunos de los angulares que reforzaban algunos mamparos quedaron doblados y tuvieron que ser reparados posteriormente.
Después del desconcierto general, se envió gente a inspeccionar el barco que ya había sido abandonado por todo el personal. Se hablaba de una enorme cantidad de muertos en el interior, lo que no era realidad. Sin embargo, se empezó a sacar a los heridos, algunos en camilla. Fue impresionante ver a algunos de ellos salir por su propio pie pero en un estado lastimoso, sin uniforme que cubriera su cuerpo herido.
Se intentó echar a andar la ambulancia con la que se contaba en esa época pero fue inútil, tuvo que llamarse a los servicios de emergencia para transportar a todos los lesionados al seguro social.
Mientras, entre los trabajadores sindicalizados empezó a correr el rumor de la existencia de más cuerpos entre los escombros. La revisión a fondo demostró lo contrario, pero los que entraron no olvidarían jamás la magnitud del daño al barco en la zona más perjudicada, los camarotes. Había, entre todo el desorden: pedazos de madera destrozados, cascos de seguridad rotos, herramientas tiradas, muchísimo polvo y un horrible olor a materia orgánica quemada.
Para estar completamente seguros se pidió que cada supervisor de todos los departamentos reuniera a su gente e hiciera pase de lista y comprobara que no faltaba nadie.
El comité directivo del sinatin 2 se reunió en una pequeña oficina ubicada en la esquina del taller de carpintería. Casi nadie sabía del accidente. Habían acudido periodistas pero faltaban algunas horas para los noticieros en la tele. Así que poco antes de las 12 del día empezó a llegar la gente con el almuerzo para los obreros. La mayoría de las personas que iban llegando eran las esposas de los obreros. Fue un caos cuando se enteraron de la tragedia. Gritos, llantos, nerviosismo por no poder ubicar de inmediato a sus seres queridos.
A la esposa de uno de los tres heridos más graves, Chico Corrales, los directivos le informaron directamente de lo sucedido (creo que a Crispín Cárdenas le tocó dar tan terrible noticia). Tanto como lo vivido en las horas previas, se seguía sintiendo el drama. Los rumores empezaron a correr por toda la ciudad y todas las familias de los trabajadores tuvieron su cuota de preocupación, incertidumbre y miedo que se apagó cuando los obreros llegaron cada uno a sus hogares.
A los periódicos y televisión no se les permitió el acceso a las instalaciones, como es normal en este tipo de situaciones en todas las empresas, así que las imágenes que existen están tomadas desde el exterior, a través de las mallas ciclónicas perimetrales.
En el transcurso del día ya no se realizaron labores. Imposible después de algo así. Después de la media hora de la comida se sacó toda la herramienta que quedó abandonada en el interior del remolcador y se agrupó toda en el muelle de alistamiento y se procedió a repartirla a los trabajadores, sin otra manera de comprobar su propiedad mas que confiando en la palabra de cada uno. Al final sólo quedaron las herramientas de los heridos en la explosión.
No pasó mucho tiempo para que en el hospital del seguro social notaran que no podían dar la atención necesaria a los lesionados que tenían quemaduras casi en la totalidad de sus cuerpos por lo que se les transportó hasta Guadalajara donde intentarían salvarlos con un equipo médico más adecuado. Pero fue en vano, fallecieron Humberto Zatarain, Isabel Flores y Chico Corrales. Sólo sobrevivió el “Amigazo”, quien era el que estuvo más cerca del estallido pero no recibió el embate directamente.
Para el recuerdo queda la escena en el velorio de Humberto Zatarain en funerales “Renacimiento” cuando se presentó la madre de Hipólito López para rezar por él y agradecerle por haber salvado, involuntariamente, la vida a su hijo. A Isabel Flores se le sepultó en su natal Concordia. Ahí acudieron muchos de los socios del Sinatin 2 de esa época, pues era muy apreciado. A Chico Corrales se le veló en su domicilio y por ser el de menor antigüedad (y tener menos conocidos entre los socios) tuvo menos asistentes a su velorio, lo que en perspectiva fue bastante injusto.
A raíz de lo sucedido se tomaron medidas más estrictas relativas a la seguridad. Se hacían lecturas de los índices de gasificación con un explosímetro antes de iniciar labores en cualquier área confinada. Aun así, siempre quedó en el aire la pregunta “¿por qué?”. ¿La catástrofe se debió a un descuido, a un atraso en la aplicación de la pintura? ¿fue por la premura de hacer los trabajos de soldadura? ¿a una combinación de todo eso?
¿En qué parte de la cadena de mando pudo haber existido negligencia o incompetencia? A estas alturas, quizás no lo sabremos nunca. Lo que sí sabemos es que tres compañeros, dos sindicalizados y uno de confianza fallecieron en el accidente más cruento del astillero.
Después de su recuperación, el “Amigazo” fue objeto de un reconocimiento por parte de los altos mandos de AUMAZ y se le entregó un reloj de pared como regalo.
Martín Urquiza Pardo
Mayo/Junio 2014