La Huelga del Astillero
Por Martín Urquiza Pardo
Estallamiento.
Era el 28 de marzo de 2003 y los ánimos
estaban caldeados. Desde hacía meses se había estado enrareciendo
el ambiente en las relaciones del sindicato con la empresa. De cara a
los medios de comunicación los altos mandos del astillero culpaban
de cerrazón y terquedad al sindicato, pero entre los trabajadores de
planta se sabía meses atrás que el departamento de finanzas había
retenido las cuotas sindicales y que tenían que ser entregadas al
tesorero sindical. No sólo eso, había dejado de cumplir con el pago
de las cantidades estipuladas para los rubros de deporte establecidas
en el contrato colectivo de trabajo.
De los acercamientos y reuniones de
los representantes de ambas partes se supo lo esencial: que la
empresa seguía expresando su incapacidad para hacer los pagos pero
deseaba mantener la relación laboral. No era buen síntoma, pues de
esa manera, en cualquier momento podría declararse en bancarrota.
A todo eso se agregó que durante
tres semanas se suspendió el pago de salarios. ¿Dónde estaba todo
ese dinero generado en los años anteriores, cuando se construyeron
barcos atuneros y camaroneros? Si los trabajadores pensamos, durante
un tiempo, que mereceriamos, por fin, un reparto de utilidades,
estábamos muy equivocados.
El Grupo Sidek, dueño del astillero
Industria Naval de Mazatlán, había desperdigado las ganancias del
astillero mazatleco en los otros que poseía en la costa del
Pacífico: Guaymas y Ensenada.
De modo que ahí estábamos,
esperando el segundo exacto de las 12 para estallar la huelga. Ese
medio día en que parecía que estaba enfocado nuestro destino como
agrupación sindical. No sabíamos que era sólo el principio.
El día anterior se supo con
seguridad que no había vuelta de hoja: la empresa había intentado
sustraer computadoras y documentos de las oficinas ubicadas en el
interior de la planta. Sólo la orden del Srio. General a algunos
compañeros de que impidieran eso, frustró las intenciones de quien
en ese momento era máximo representante en el astillero: el lic.
Vera.
Las doce en punto. Autoridades,
notarios, medios de comunicación, todos atentos al desarrollo de la
situación. Y así, uno a uno, todo el personal, sindicalizado y de
confianza fue abandonando las instalaciones. Esa puerta de metal que
nos recibía todos los días ahora nos veía salir en un desfile
prolongado. El personal de confianza evitaba cruzar la mirada con
nosotros los sindicalizados. El trato normal, incluso cordial, de
días antes, se había terminado.
En lo personal, se me encomendó
grabar en video ese momento en una camarita propiedad del Sinatin 2.
Ahí en esa cinta quedaron plasmadas esas imágenes de todos los que
estuvimos involucrados, cuando, hasta la luz del sol nos pareció más
intensa y nos lastimaba la vista. Secretarias, licenciados,
supervisores, trabajadores. Todos fuera para que las autoridades
tomaran nota de que todo se realizara en apego a la ley y colocar los
sellos en las puertas, esos sellos que no sabíamos cuanto durarían
ahí.
Esa cinta no está en mi poder.
Ignoro si exista o esté en condiciones de reproducirse. En la guerra
de los formatos análogos y digitales se fue quedando obsoleta, pues
era vhs-c.
Ironicámente, tengo grabada en mi
mente la imagen de un compañero saliendo hasta el último momento,
casi a hurtadillas, apenas antes que cerraran esa puerta. Me pareció
una ironía pues el compañero era presidente de la comisión de
propaganda, encargado de movilizar e informar a los compañeros en
tales circunstancias. Salió y se escabulló entre los demás
sindicalizados. Malos augurios.
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